Hace poco, desgraciadamente, un taxista ha sido asesinado en Madrid. Sus compañeros convocaron una protesta inmediata, y entre lo que pedían, con todo sentido desde el punto de vista de la seguridad,
era que se subvencionara un sistema de GPS que permitiera siempre detectar donde está el vehículo. No entro, porque no tengo opinión clara ni datos, si debe ser subvencionado o no, pero si creo que es razonablemente útil que los taxis cuenten con un GPS, tanto para dar un mejor servicio al usuario, como por los motivos reseñados de seguridad. Lo curioso, es que los taxistas de otra gran ciudad, Nueva York,
hicieron una huelga en octubre (la segunda en dos meses), precisamente por lo contrario: no quieren que el alcalde Bloomberg les obligue a llevar GPS, porque no quieren estar siempre localizados. Hay que destacar de todas maneras que el GPS en Nueva York se quiere poner, junto con la obligatoriedad de aceptar tarjetas de crédito, para dar un mejor servicio al usuario, pero no por motivos de seguridad. Pero, no deja de sorprender reacciones tan diferentes ante la misma tecnología, en el mismo colectivo, pero en ciudades distantes. Influye obviamente quienes conforman el colectivo de taxistas en las dos ciudades: en Madrid en general hombres, alguna mujer, españoles y con muchos años de profesión; en Nueva York gente de todo el mundo en muchos casos recién llegados a la ciudad y que ni siquiera hablan bien inglés. Y que comparando en muchos casos su país natal con Nueva York lo encuentran incomparablemente más seguro. Los taxistas de Nueva York te pueden dar noticias sobre Kabul o contarte como fue el invierno el año pasado en Somalia. Eso claro si se entiende el cliente con el taxista.